Grandeza y miseria de la política. Una nueva laicidad 9
on ott 14, 2009 in Publicaciones and tagged estado, laicidad, política, sociedad
Publicamos un nuevo compendio del libro del cardenal Scola “Una nueva laicidad” como fuente de reflexión.
Clicando aquí puedes adquirir el libro on line.
Grandeza y miseria de la política
Por tanto, la acción política y el poder del Estado tienen siempre límites precisos, insuperables. El poder político y del Estado, en efecto, no es sagrado y, por consiguiente, no es omnipotente. La afirmación de Cristo: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21) representa, en esta óptica, la desmitificación del poder político más eficaz jamás planteada en la historia. Distinguiendo entre lo que es de Dios y lo que es del César, la fe cristiana ha señalado su límite intrínseco: ningún poder político puede satisfacer en plenitud el deseo del hombre. De este modo se afirma, indirectamente, la dignidad de la persona, fundada en su capacidad de trascendencia. Esta no deriva de ningún poder político ni de ninguna institución.
Basándose en la promesa del cumplimiento escatológico del reino de Dios, el cristianismo pone a salvo además el compromiso político del mito de una sociedad perfecta. Donde la fe se ve impedida para ejercer su función de conciencia crítica de la política existe el peligro de que se insinúe más fácilmente una visión utópica del hombre y la sociedad, como ha mostrado trágicamente nuestra historia contemporánea. Encontramos confirmación de ello, cada vez más y a menudo inesperadamente, incluso por parte de voces del mundo laico. He aquí lo que afirma Ceronetti: «Mientras se mantenga la discutida, fuertemente quebrantada armazón cristiana que subyace a cuanto llamamos Occidente, el terrorista suicida seguirá siendo aquí uno de fuera, el contagio no se producirá. Cautela pues en la destrucción de las inmunidades que sobreviven» (La Stampa, 8 de febrero de 2004, p. 1).
Si, por una parte, la Iglesia reconoce el papel insustituible y la dignidad indiscutible de la política, por otra, con gran realismo, identifica sus limitaciones insuperables. Esta, en efecto, será siempre una actividad del hombre, cuya libertad no solo es limitada y está situada históricamente, sino que está además herida concretamente por el pecado. Por eso, en su primera encíclica, Benedicto XVI recordaba que la fe vivida en la comunidad eclesial se ofrece al hombre como camino y fuerza de purificación de la razón, sobre la que se basa «el orden justo de la sociedad y del Estado», «tarea principal de la política» (Deus caritas est, 28). Fe y razón, como caridad y justicia, no se oponen, sino que viven en perenne y fecunda relación de unidad dual.
La Iglesia así colabora con la política y la apoya, pero no la reemplaza. El servicio que esta hace permanentemente a los hombres de todas las generaciones no puede considerarse realizado de una vez por todas. No se trata, en efecto, de formular una teoría, para luego aplicarla a la realidad. Al contrario, los hombres, siguiendo críticamente los procesos históricos, están llamados a repensar, en cada momento, el orden justo de la sociedad. Por esta razón, no hay época histórica que pueda prescindir de la necesaria purificación de la inevitable ideología.




















Sorry, comments for this entry are closed at this time.