RSS Feed for This PostCurrent Article

Esta es la buena noticia de la Navidad: Dios se ha hecho familiar. L’homilía de Navidad

Traduccíon para Gabriel Richi Alberti

Is 52, 7-10; Sal 97; Heb 1, 16; Gv 1, 1-18

1. «El pueblo que andaba en tinieblas…; sobre los moradores de una tierra de sombras» (Is 9, 1). Estas palabras del profeta Isaías tienen que ver con nosotros. Caminar, más aún, morar en la oscuridad es agotador, y nosotros estamos cansados. Cansado y deshecho está el mundo, escribe Chesterton con agudo realismo. Por ello hemos venido hasta aquí en esta Noche Santa: con mayor o menor conciencia, aquí buscamos la luz, porque, añade el mismo Chesterton, este es el deseo del mundo.

La luz es este «niño que nos ha nacido» (Is 9, 5). En el portal de Belén, como aquí ahora entre nosotros, en esta espléndida Basílica, resplandece la luz. En el portal de Belén, como en todas las iglesias del mundo, miles de años después de la creación del mundo, amanece el primer día del mundo. Con el nacimiento de Jesús renace para cada hombre la virtud niña de la esperanza. Navidad es la fuente inagotable del volver a empezar (¡y Dios sabe lo preciosa que es hoy esta posibilidad para cada uno de nosotros!).

2. «Todos iban a empadronarse, cada uno a su ciudad. También José, por ser descendiente de David, fue desde la ciudad de Nazaret de Galilea a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén» (Lc 2, 3-4). En el relato detallado del hecho que ha cambiado el sentido de la historia, el evangelista Lucas anota un dato decisivo: la pertenencia de José a la casa y a la familia de David. Nos describe su origen. Hoy este dato parece no tener importancia, porque se reduce el nacimiento de un hombre a puro inicio biológico. Sin embargo, el nacimiento, como genialmente sostenía Juan Pablo II, es ante todo genealogía. No es simplemente inicio, sino que ante todo es origen. Cada uno de nosotros está enraizado en la historia de su generación. Y no sólo, porque el origen del hombre posee una última dimensión vertical: somos creados por Dios. Oscurecer este dato significa romper la cadena de las generaciones. Y la consecuencia de esto es la emergencia educativa que hoy padecemos.

3. «María… dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre, porque no encontraron sitio en la posada» (Lc 2, 7). La palabra del texto griego que se utiliza para decir “posada”, la encontramos sólo una vez más en el Nuevo Testamento, cuando se habla del lugar donde se celebrará la Última Cena. El texto evangélico del nacimiento prosigue ofreciéndonos más datos: «Esto os servirá de señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales acostado en un pesebre» (Lc 2, 12). San Lucas no nos transmite un relato idílico, sino que nos introduce en una reflexión profunda sobre el significado de este nacimiento. En sus palabras ya se encuentra una referencia al misterio de la Pasión y de la Eucaristía.

Los Padres de la Iglesia llegan a decir: «Dios se ha abreviado, hecho pequeño», hasta llegar a ser «visible para nuestros ojos, palpable con nuestras manos, transportable en nuestras espaldas». Más aún, algunos llegan a usar el verbo griego que vincula este “abreviarse” a la idea de “empobrecerse”: Dios se ha empobrecido, se ha abajado, se ha vaciado, para hablarnos en nuestra propia lengua. Jesús no sólo ha aprendido el arameo, como todos los niños de su tierra; Jesús ha querido aprender la lengua de las criaturas para que le pudiesen reconocer.

4. «En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1, 1). El Antiguo Testamento nos ofrece las letras del alfabeto con el que Dios se ha revelado a los hombres, pero sólo Cristo es la palabra en la que dichas letras adquieren sentido.

«Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). «Se entregó a sí mismo por nosotros» (Tt 2, 14), hasta hacerse alimento para nosotros, en la cena eucarística, e implicarnos en la dinámica del don de Sí.

Esta es la buena noticia de la Navidad: Dios se ha hecho familiar. Y si Dios es familiar para nosotros, entonces podemos reconocerle. Por gracia le reconocen los creyentes convencidos de que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios hecho hombre. Pero, si nos fijamos bien, todos le pueden reconocer en la experiencia elemental de apertura a la realidad y de amor a nuestros semejantes, que vive todo hombre que, como decía san Ireneo, «es la gloria de Dios».

Y si le reconocemos, toda nuestra vida cambia. Su humildad, en nuestra cultura, en la cultura de los dolores del parto, se convierte en una petición de sencillez. Todos nosotros percibimos que estamos necesitados de simplificar nuestra vida. Un simplificar que va desde superar un consumismo lleno de malos presagios (se debería usar la palabra obsceno que significa exactamente eso), hasta superar estilos afectivos complicados, ambiguos, a menudo mentirosos que tanto hacen sufrir, pues transforman la belleza del amor en instrumentalización, y no permiten vivir un amor que libera, sino que empujan hacia un amor que aprisiona al otro.

5. La Santa Navidad es esta caridad infinita que Dios tiene con nosotros y que hace de nosotros sujetos de caridad: «Los hombres, destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad» (Benedicto XVI, Caritas in veritate 5). Y la caridad tiene un horizonte a 360º, y se extiende desde compartir como se debe con aquellos que se encuentran en la indigencia (cuyo número crece hoy preocupantemente), hasta la pasión por la edificación del bien común. Incansable en el intento de hacer prevalecer las razones de las philía (amistad civil) por encima de las razones del conflicto, también en el ámbito del compromiso político directo. No olvidemos que la política – como decía Pablo VI – es la forma más alta de caridad.

6. «La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1, 9). Es necesario que la luz que recibimos nos convierta en hijos de la luz. Esta es la gran urgencia que nace de la Navidad para nosotros los cristianos: vivir cada relación sin aceptar darla por descontado, sin ceder a los prejuicios crónicos.

«Su nacimiento purificó el nuestro. Su vida amaestró la nuestra. Su muerte, destruyó nuestra muerte» (San Bernardo, Sententiae). El Niño Jesús, más allá de nuestros méritos, cumple el deseo profundo de nuestro corazón. Pidamos la sencillez de los pastores, los primeros testigos de la Navidad, para que le hagamos sitio entre nosotros y vayamos, como ellos, a anunciarlo a nuestros hermanos los hombres: «y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios» (Is 52, 10). Amén.

Trackback URL



Sorry, comments for this entry are closed at this time.